
El anterior post lo dedicaba a unas palabras que me habían gustado de Fernando Vidal. La verdad que no sé si es verdadero cambio o parte de la forma de actuar de estas personas. Digo esto porque suelen ser muy agudos en su procedimiento a seguir. Siempre dan una de cal y otra de arena, esto es, por ejemplo, hablar bien del Papa para luego decir que se equivoca. No sé si es el caso de Fernando Vidal, espero sinceramente que no.
Pero de quien quiero hablar hoy es de otra persona. Se llama José María Castillo y tiene un blog que se titula “Teología sin censuras”. Es un fracasado y él mismo lo sabe. Octogenario que ha dilapidado su vida engañando a base de herejías a los pobres que se han creído a pies juntillas lo que les decía. Forma parte de esos que se han inventado una nueva religión y que ven que sólo es secundada por vejestorios.
Hace un tiempo fue a la Universidad de Almería a hablar de su libro. Yo estuve allí y era el único joven. El resumen de su ponencia: nadie puede decir que Jesús sea Dios. De un plumazo se carga la fe de la Iglesia y se queda tan pancho. Es verdad que, por otro lado, hablaba maravillas de Jesús, lo revestía de las mayores virtudes (dando así la de cal y arena de la estrategia de estos). Pero ¿Qué más da hablar bien de Jesús si te fulminas su divinidad? Lo peor de aquello eran los aplausos e incluso vítores de sus “fotocopistas”. Lo mejor, lo que ya he dicho antes sobre la media de edad. En veinte años difícilmente quede nadie de los que allí estaban a menos que se llame Matusalén. Ese odio y beligerancia contra el dogma y las creencias de la Iglesia está moribunda y yo me alegro mucho de ello.
Pero de quien quiero hablar hoy es de otra persona. Se llama José María Castillo y tiene un blog que se titula “Teología sin censuras”. Es un fracasado y él mismo lo sabe. Octogenario que ha dilapidado su vida engañando a base de herejías a los pobres que se han creído a pies juntillas lo que les decía. Forma parte de esos que se han inventado una nueva religión y que ven que sólo es secundada por vejestorios.
Hace un tiempo fue a la Universidad de Almería a hablar de su libro. Yo estuve allí y era el único joven. El resumen de su ponencia: nadie puede decir que Jesús sea Dios. De un plumazo se carga la fe de la Iglesia y se queda tan pancho. Es verdad que, por otro lado, hablaba maravillas de Jesús, lo revestía de las mayores virtudes (dando así la de cal y arena de la estrategia de estos). Pero ¿Qué más da hablar bien de Jesús si te fulminas su divinidad? Lo peor de aquello eran los aplausos e incluso vítores de sus “fotocopistas”. Lo mejor, lo que ya he dicho antes sobre la media de edad. En veinte años difícilmente quede nadie de los que allí estaban a menos que se llame Matusalén. Ese odio y beligerancia contra el dogma y las creencias de la Iglesia está moribunda y yo me alegro mucho de ello.
2 comentarios:
Muy bueno. Son muy mayores y muy pocos los seguidores de esta gente. Gracias por expresar lo que muchos pensamos.
Estimado Fernando:
No voy a defender al señor Castillo, pues a mí, personalmente, con el paso de los años, me ha venido defraudando en cuanto a teólogo: libros que se repiten uno tras otros, ideas -algunas- desfasadas y -otras- erradas, pérdida de lógica en la argumentación teológica, etc. Defectos que, en perspectiva, sólo puedo achacar a la vejez y a un excesivo acoso editorial.
Yo tuve la suerte de conocer al Padre Castillo, cuando aún lo era, y créame que en edad puedo ser casi tan joven como usted. Y tuve la suerte de oirlo como se han de tomar los medicamentos: en su justa dosis y sólo en caso de enfermedad.
El padre Castillo me ayudó mucho cuando sólo "su teología" podía hacerlo. El amor desmedido a los pobres y sencillos, sentir el amor de Dios en el prójimo y en el prójimo a Dios, y -aunque parezca sorprendente- amar a la Iglesia con locura.
Nunca oí de sus labios ni leí algo que seduciese a negar la divinidad de Cristo. Me sorprende y me hace entrecomillar sus recuerdos de auditorio.
Por lo demás, tan sólo le rogaría esa coherencia que usted mismo pregona: que diese sentido -al menos- la cabecera de su propio blog y, como san Agustín, si omite el beneficio de la duda, al menos practique la caridad.
Gracias
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